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miércoles, 3 de abril de 2013

INDIA: Agra y el Taj Mahal


La India es un viaje personal hacia tus experiencias, tus limitaciones, hacia tu yo interior. Ningún otro país en el mundo te saca de tus cómodos prejuicios de comparar y criticar a los demás sin que te salpique.

Cuando llegué a la India después de haber estado en el país vecino (Nepal), iba ya con el lema de “yo solo sé que no sé nada”. Solo con esta premisa y dejando a un lado todo los conceptos aprendidos podía tener la ilusión de acercarme aunque fuera un poquito a conocer esta cultura misteriosa e imán de religiones. Es la segunda vez que visitaba este país y en la primera ocasión no me permití conocer más allá de donde mis ojos me dejaban ver.

Cuando hablamos de una India misteriosa, nos referimos a todas aquellas cosas que desconocemos de su cultura, que nos resultan tan diferentes y ajenas a nuestras costumbres, que nos hacen vibrar en otra sintonía a la que estamos acostumbrados. Esta cultura nos revela una forma de vida donde la espiritualidad es una necesidad primaria y se muestra como lo más cotidiano de los quehaceres diarios. Una vida donde el mandato divino, los avatares de la naturaleza, la suerte y la desdicha forman parte de un círculo infinito de vidas.

El amor en pareja y sus consecuencias, por poner uno de los miles de ejemplos, tienen más que ver con la astrología y el signo de tu dicha que con sentimientos terrenales y cuantificables. Su forma de proceder se torna ilógica a nuestro parecer y es que, como ya decía la primera vez que visité este país, muchas veces crees estar en el mundo al revés.

El hinduismo, los budistas, los jainíes, el zoroastrismo, el sijismo, el islamismo, el cristianismo, unidos a casi los mil grupos étnicos reconocidos, a la diversidad de lenguas y dialectos y de grupos identitarios (como los hijras -eunucos), componen una amalgama de conocimientos, riqueza y creatividad desbordante, un mundo tricolor donde los sentidos no descansan y los matices son la norma.


AGRA

Cuando India estaba bajo el dominio del Imperio mongol, se revitalizó su cultura con aires frescos del norte. Las artes y las letras se vieron muy impulsadas bajo este imperio. El tercer monarca de esta dinastía, Shah Jahan, mandó a construir un mausoleo para su tercera mujer, que falleció cuando se proponía darle su decimocuarto hijo. Se dice que quedó consternado y que quiso rendir tributos a su amor realizando esta preciosidad arquitectónica.






Muchos aconsejan visitar el Taj Mahal en las horas menos concurridas, muy temprano. Nosotros recomendamos justo lo contrario, ir cuando hay mucha gente porque el escenario es de una belleza inigualable: de fondo, el mausoleo blanco, inmaculado, que parece que le acaban de sacar brillo para que tú lo veas; y alrededor, cordones humanos de indios/as que lo rodean para poder entrar dentro del corazón de la princesa.








El marco es muy fotogénico. Existe un armonioso contraste entre el blanco del edificio y los llamativos colores de los trajes indios y sus rostros oscuros y los adornos dorados que prenden de sus cuellos y envuelven sus brazos. Es un indicativo de saberse que efectivamente este mausoleo está en la India, y ver este templo sin gente sería como una noche sin estrellas.










Las miles de princesas ataviadas con sus saris y sus mejores joyas para visitar a su homóloga no tienen desperdicio. Cuando entras no ves nada que te satisfaga más que lo que ya has visto antes y deseas salir para seguir en sus jardines, observando de lejos, de cerca, de lado, en los soportales, la India ordenada y majestuosa que dicta mucho de la que se verá fuera.